Dos proveedores de mascarillas han anunciado el cierre de sus negocios, a medida que continúa el declive lento y constante de lo que en su momento fue un artículo muy solicitado.
El lunes, Project N95, una organización sin fines de lucro que ayudó a las personas a comprar equipo de protección durante la pandemia de coronavirus, anunció que dejará de vender mascarillas el 18 de diciembre. La organización afirmó que los ingresos obtenidos por la venta de mascarillas y las donaciones ya no eran suficientes para mantener sus gastos operativos. Anne Miller, la directora ejecutiva de Project N95, declaró: “Con el paso del tiempo, hemos visto que se reduce la demanda de mascarillas. Al parecer, la gente prefiere correr el riesgo a enfermarse que tomar precauciones”.
Mask-C también indicó que cerraría a fines de año. Los productos llamativos de la compañía alguna vez estuvieron de moda y los usaban celebridades como Rihanna, Bella Hadid y Jennifer Lopez. Al anunciar su cierre, la compañía manifestó: “Lamentablemente, debido a circunstancias ajenas a nuestro control, hemos tomado la difícil decisión de cerrar nuestras puertas”.
Con el inicio de la pandemia en los primeros meses de 2020, la demanda de mascarillas subió por las nubes. Ahora, casi cuatro años después, la mayoría de las personas prácticamente ha dejado de usarlas, aun cuando los médicos aseguran que aún pueden servir de algo.
Tanto Project N95 como Mask-C eran proveedores de mascarillas N95 y KN95, que tienen los más altos estándares y filtran alrededor del 95 por ciento de las partículas más peligrosas. En contraste, las mascarillas quirúrgicas comunes atrapan cerca del 70 por ciento de las partículas en el laboratorio, pero son menos efectivas en el mundo real debido a las filtraciones. La demanda de mascarillas N95 fue tan alta en cierto punto de la pandemia que las versiones falsas inundaron el mercado.
La demanda repentina de mascarillas creó una escasez y, a mediados de marzo de 2020, incluso los trabajadores de la salud estaban desesperados por obtener equipo de protección. La situación mejoró poco a poco; a fines de año, muchos hospitales estaban racionando las piezas. Encontrar las mejores mascarillas era todavía más difícil para los civiles, en parte debido a que China, que había controlado el 90 por ciento del mercado estadounidense, prohibió la exportación de los cubrebocas fabricados en su país.
La utilización de mascarillas varió en las distintas regiones de Estados Unidos (uso abundante y frecuente en el oeste y el noreste; bajo en las grandes llanuras y partes del sur). También hubo una división por cuestiones políticas en la que la mayoría de las personas de derecha dejaron de portar cubrebocas mucho antes que las de izquierda. Miller señaló: “Nunca podría haber imaginado que las mascarillas se convertirían en el tema intocable de la política estadounidense”.
No obstante, al principio, la demanda era muy alta en casi todos lados y era mucho mucho mayor a lo que fue en 2019, cuando la palabra “pandemia” no estaba en el vocabulario de nadie.
Surgieron mercados clandestinos y varias decenas de compañías estadounidenses entraron al negocio, con la intención de ayudar y tal vez obtener ganancias.
El primer revés para muchas de ellas ocurrió en 2021, cuando unas mascarillas más baratas provenientes de China comenzaron a regresar al mercado. “Todos los hospitales, las agencias gubernamentales y los minoristas que habían estado implorando por productos estadounidenses de repente dijeron: ‘Ya no, gracias’”, dijo Paul Hickey, cofundador de la fábrica de cubrebocas PuraVita Medical.
Para 2022, los fabricantes en el país tenían otro problema: una demanda en disminución. Más y más estadounidenses se habían cansado de las mascarillas tras dos años de portarlas en público, y las aerolíneas, los estadios, los teatros y los cines, así como otros recintos dejaron de exigirlos.
Incluso en el estado demócrata de Nueva York, la gobernadora Kathy Hochul eliminó la obligatoriedad del uso de mascarillas en interiores en febrero de ese año; después, retiró el mandato en el transporte público, que de todas maneras no se supervisaba con mucho rigor.
La flexibilización de las normas en todo Estados Unidos alentó a más personas a dejar de portar mascarillas e hizo sentir incómodas a las últimas personas que insistían en seguir usándolas. Hace un año, Andrew Gold, residente de la ciudad de Nueva York, comentó: “Siento ahora que la gente se me queda viendo por usar la mascarilla; y yo no soy una persona paranoica”.
Poco después, lejos de alentar la utilización de mascarillas, hasta la ciudad de Nueva York lo desaconsejó de manera activa en al menos una ocasión. El alcalde Eric Adams indicó a los encargados de las tiendas que prohibieran el acceso a los clientes que se negaran a bajar sus cubrebocas al ingresar por primera vez a la tienda. El alcalde señaló inquietudes sobre asaltos y robos cometidos por ladrones que portaban mascarillas para ocultar su identidad.
Project N95 también se dedicaba a examinar la calidad y la autenticidad de los cubrebocas. Su sitio web continuará ofreciendo recomendaciones. Miller puntualizó que una N95 todavía es la mejor opción.
Miller también relató que algunos grupos habían ofrecido ayudar al proyecto y que la organización estaba “trabajando para determinar si hay un camino hacia adelante”.
A pesar de la disminución del uso de mascarillas y el cierre de fabricantes, los médicos todavía le encuentran ventajas a usarlas en espacios cerrados con mucha gente; en particular, para las personas mayores y aquellas que tienen problemas de salud. En agosto, Yvonne Maldonado, una profesora de Medicina en la Universidad de Stanford, dijo a The New York Times: “Las mascarillas funcionan, punto”.
No obstante, será mucho más difícil usar la misma mascarilla que Rihanna.